Ramón Fernández Durán y la desaparición de los grandes dinosaurios.

Texto escrito con ocasión de la presentación de “El Antropoceno: la crisis ecológica se hace mundial” y “Quiebra del capitalismo global: 2000-2030” de Ramón Fernández Durán en la ciudad de Alicante, por Fernando Ballenilla, miembro fundador de AEREN (ASPO-España) y de la Red IRES.

Una de las teorías más populares sobre la desaparición de los dinosaurios es que, al final del cretácico, hace 65 millones de años, la tierra fue bombardeada por varios meteoritos. Dicha teoría aporta como prueba la ubicuidad del estrato oscuro C/T, rico en Iridio, elemento exótico en la corteza terrestre pero corriente en los meteoritos metálicos, y que marca la frontera entre el cretácico y el terciario.

También son pruebas el extenso cráter de Chicxulub en el Golfo de México, el cráter Silverpit en el Mar del Norte y sobre todo el cráter de Shiva en el Océano Indico, este último de 400 a 600 kilómetros de extensión y provocado, supuestamente, por un meteorito de unos 40 Km de diámetro, todos ellos de hace unos 65 millones de años.

Este último se relaciona, además, con la mayúscula erupción volcánica que formó la meseta de lava de Deccán, en la India, de 1300 Km2 de extensión y de un kilómetro de profundidad. Esta erupción quizás fue provocada por el impacto del meteorito, ya que la India, en su viaje para chocar con Asia y formar el Himalaya, se encontraba en ese momento encima del punto caliente de Reunión -un lugar frágil de la corteza- y el cercano impacto del meteorito, bien pudo causar su desestabilización y el ascenso de una ingente cantidad de manto terrestre.

Podemos imaginar la extraordinaria crisis ambiental que provocaron estos sucesos: terremotos, maremotos (cuyos indicios en Haití, con restos de iridio, permitieron localizar el cráter de Chicxulub), combustión de gran parte de los bosques terrestres, ocasionando una drástica disminución de oxígeno y un aumento de CO2, también incrementado por el gigantesco vulcanismo que produjo la erupción de Deccán, y como no, un tremendo incremento del polvo atmosférico asociado al impacto de los meteoritos y al intenso vulcanismo.

No es extraño que todo esto afectase a los dinosaurios, la combustión de gran parte de los bosques dejaría sin alimento a los dinosaurios herbívoros y pronto los dinosaurios depredadores ya no tendrían que cazar. Además, el incremento del polvo atmosférico, procedente del impacto de los meteoritos y de las erupciones del Deccán, debió sumir a la tierra en una oscuridad gélida y asfixiante, al bloquear la entrada de la radiación solar, y al escasear el oxígeno por las combustiones.

Pero con todo, para un biólogo como yo, la principal causa de la extinción fue la capa de polvo atmosférico, que al provocar la oscuridad en el planeta , además de bajar notablemente la temperatura, interrumpió el proceso de la fotosíntesis.

Modelos de ordenador confirman que el polvo levantado por la caída de un cuerpo de 10 kilómetros, como el meteoríto de Chicxulub, oscurecería completamente el cielo durante varios meses. ¿Cuanto tiempo lo oscurecería el meteorito de Shiva, de 40 kilómetros, y la gigantesca erupción que formó la meseta de Deccán?

La vida, en la época de los dinosaurios, dependía, como ahora, de un continuo flujo de energía que comienza en la energía luminosa que atrapaban las plantas mediante la fotosíntesis, parte de esa energía es la que permitía vivir a los herbívoros cuando se las comían, y después a los carnívoros cuando se comen a estos. Si desaparece la fotosíntesis, el ecosistema de los dinosaurios se derrumba como un castillo de naipes en el que sustrajésemos las cartas de la base.

Pero la cosa no fue igual de mal para todos, en esa oscuridad gélida, pequeños proto-mamíferos carroñeros y especies oportunistas de todo tipo, pudieron medrar con los restos del rico ecosistema que sustentaba a los dinosaurios.

Poco después, al cabo de meses o años, cuando ya el polvo se depositó, y la radiación luminosa volvió a llegar a la superficie, calentándola, el cambio climático provocado por el incremento de CO2, que atrapa la radiación térmica, impidiendo que escape de la tierra, puso la puntilla final a la era de los dinosaurios, al terminar con los ecosistemas que los habían hecho posibles. Con esta quiebra energética, terminó la era de los grandes dinosaurios y comenzó una nueva era.

Yo no conozco personalmente a Ramón Fernández Durán, pero conozco muy bien, y comparto, su línea de pensamiento, y admiro su tenacidad y la profundidad y solidez con que ha cimentado sus planteamientos.

Ramón, en los dos libros que hoy presentamos, nos habla también de la extinción de otros grandes dinosaurios, los estados industriales y el ecosistema económico en que se han desarrollado: el capitalismo.

Vaya novedad, pensarán muchos: “Está claro que eso será así”, “Un sistema que no puede sobrevivir sin crecer, tiene que chocar en algún momento con la finitud de nuestro planeta”, “Es evidente que el capitalismo no es sostenible”.

Y sí, efectivamente, esa afirmación es una obviedad para muchos de los que estamos aquí, y Ramón Fernández Durán también la desarrolla y fundamenta magistralmente en su libro “El Antropoceno: la crisis ecológica se hace mundial”.

Pero es que, además, en su otro libro “Quiebra del capitalismo global: 2000-2030” nos proporciona una fecha cierta de caducidad de la actual civilización industrial y del sistema capitalista que la mantiene: del 2000 al 2030. ¿Es eso posible? ¿No es magnificar en exceso la crisis actual? ¿No será esta una crisis capitalista más? ¿Sólo 20 años desde ahora para la quiebra del sistema?

Ramón, partiendo de un profundo conocimiento de nuestra actual civilización, y de una afinada reflexión, se fija, para establecerla, en el elemento clave que permite el funcionamiento del sistema industrial capitalista: la energía.

Como en el caso de los dinosaurios del cretácico, en que la interrupción de la energía procedente de la fotosíntesis marcó su final, los estados industriales, modernos dinosaurios, y el sistema capitalista que los mantiene, necesitan de un flujo continuo de energía, y es ese flujo el que les permite vivir. Si ese flujo deja de crecer, se ralentiza, y empieza a decrecer… el final está asegurado.

¿Y por qué precisamente la energía, y no el agotamiento de los demás recursos? ¿Y por qué no la colmatación de los sumideros?

Efectivamente, si no fuese la energía podría haber sido la llegada al límite de cualquiera de los demás recursos, o de un conjunto de ellos, y también que hubiéramos llegado al límite en que la naturaleza ya no pudiera absorber las toneladas y toneladas de deshechos de todo tipo que genera nuestros grandes dinosaurios industriales.

Pero ¿Qué ocurre?, que para el asunto que nos ocupa, la energía es un recurso muy especial, muy distinto de los demás recursos:

  • En primer lugar, la energía es el recurso que nos permite acceder a los demás recursos. No importa los profundos que estén, tampoco lo escasos que sean. Si estamos decididos a hacernos con un recurso, y disponemos de suficiente energía, nos haremos con él. Las minas de diamantes de Sudáfrica, de tres kilómetros de profundidad, son un caso paradigmático en ese sentido.
  • En segundo lugar, la energía nos permite camuflar la colmatación de los sumideros. ¿Que son si no las depuradoras en los ríos? ¿El vertido de sustancias tóxicas y peligrosas en mares lejanos? ¿Los propios vertederos metropolitanos? Todas estas actividades, y muchas otras, voraces devoradoras de energía, son una tremenda operación de maquillaje que intenta desplegar un tupido velo sobre las consecuencias del desequilibrio con el medio ambiente, inherente a nuestra civilización industrial.

Recordemos la típica definición de energía que aprendimos en el instituto “La capacidad de realizar un trabajo”. Si empieza a escasear, nuestra capacidad para acceder a los demás recursos se verá limitada, y nuestra capacidad para “maquillar”el medio sera insuficiente.

La ausencia o escasez de energía nos enfrentara bruscamente con la escasez de todo, menos de basura, contaminación y deshechos, ya que no la habrá para que puedan ser camuflados.

¿Y cuando pasará esto? Pues está pasando ya.

En la tarta energética mundial, los combustibles fósiles suponen la porción absolutamente dominante, el 81%, y de ellos, el más importante es el petróleo, que supone el 35%.

Pero el petróleo no solo es importante por su contribución absoluta, también lo es porque, junto con la electricidad, son las energías que definen, caracterizan, y permitieron arrancar a la modernidad, a nuestra actual civilización. No podríamos concebir nuestra sociedad sin una amplia disponibilidad de ambas formas de energía.

Pero el petróleo tiene características que lo hacen, incluso, más importante que la electricidad.

La primera es que la electricidad hay que producirla a partir de otras fuentes energéticas y el petróleo no. Pero además, el petróleo es líquido, lo que permite su cómodo almacenamiento, distribución y transporte, y la posibilidad de utilizarlo en cualquier lugar, tiene una alta energía específica (67 veces mayor que la de las pilas litio-ion)1, tiene usos polifacéticos (petroquímica), y sobre todo, el transporte depende de él en un 95%.

¿Podemos imaginar nuestro mundo, este mundo, sin petróleo? Por supuesto que no. Cuando nos ponemos a ello, aterrizamos en otro mundo distinto, no en este.

Pues bien, como señala Ramón Fernández Durán, ya estamos en el pico de producción petrolífera, en el momento histórico de máxima producción. Ya hemos gastado la mitad del petróleo más fácil de extraer y de mejor calidad, y a partir de ahora nos tocara producir petróleos de peor calidad y/o difíciles, peligrosos y sucios de extraer: petróleos de aguas profundas (Deepwater Horizon), petróleos árticos, de arenas bituminosas, etc.

Pero el petroleo disponible no solo tendrá una TRE menor, es decir, será menos rentable energéticamente, porque requerirá más energía para su producción, sino que será menos, cada año se producirá menos que el anterior, de un 3 a un 5% menos en el mejor de los casos, tal como indica la contrastada teoría del distinguido geofísico King Hubbert.

Y para colmo, nosotros, cada vez seremos más.

Alguien no avisado puede pensar que la cosa no es tan grave ¡Queda la mitad!, y una disminución de un 3% no parece mucho. Y tendría razón, si nuestro sistema económico no fuese el capitalismo, regido por la avaricia y el irracional mercado. Perfectamente se podría prescindir de los combustibles fósiles (y de las nucleares) con otro modelo de sociedad más justa, equitativa, solidaria, sostenible ¡Y sobre todo feliz!. Pero no es el caso.

Y en este punto Ramon Fernández Durán, en “Quiebra del capitalismo global: 2000-2030” realiza un excelente y exhaustivo análisis prospectivo del derrumbe de los estados industriales y del sistema económico que los ha hecho posibles.

Estamos, desde el 2005, en un pico-meseta de producción2, y lo que viene después es el declive. Una disminución de un 3% en la producción del petróleo supone que, dentro de 23 años, en el 2035, estaríamos produciendo la mitad del petróleo actual. ¿Cual será el precio de la gasolina? ¿Que pasará con el transporte? ¿Cómo se asfaltarán las carreteras? ¿Podremos comprar la comida? ¿Y la ropa?…

El optimista mal informado puede pensar que “Bueno, aún tenemos el carbón y el gas…”

Sin embargo, a lo que se sabe, el pico del carbón y el gas le vienen pisando los talones al del petróleo, probablemente se produzcan ambos en siguiente lustro, y recordemos, “La energía es la capacidad de realizar un trabajo”. A medida que la energía empiece a escasear, vamos a perder “capacidad” para realizar el “trabajo” de extracción. Quiero decir con esto que reservas de petróleo gas y carbón, que hoy consideramos accesibles, y en nuestros cálculos contamos con ellas, se esfumaran, se pondrán fuera de nuestro alcance.

Y es este escenario energético el que utiliza como base Ramón Fernández Durán, en su libro “Quiebra del capitalismo global: 2000-2030”, para ir desgranando, paso a paso, en un formidable ejercicio de prospectiva, la quiebra y derrumbe de los estados industriales, y del sistema capitalista que los hizo posibles. Y también después, como en el caso de los dinosaurios del cretácico, tendremos la puntilla del cambio climático, debido al desmesurado aumento de CO2, provocado por la quema de estos mismos combustibles fósiles, que permiten la existencia de nuestra actual civilización.

¿Y por qué esto no se ve? Pues porque nos lo impide la religión dominante, y la mayoría de la gente son personas de “Fe”. Solo los descreídos como Ramón, son capaces de ver con claridad lo que, por otra parte, es evidente.

Al hablar de religión no me estoy refiriendo a nuestro idiosincrásico atavismo católico, sino a la religión verdadera, y a sus tres deidades dominantes.

La primera de ellas es el “Progreso”, con su “Fe” en el crecimiento perpetuo, esta deidad es muy importante, y muy antigua, tiene unos 500 años y está relacionada con la aparición de la burguesía comercial a fines de la Edad Media y comienzo del Renacimiento.

Desde la caída del Imperio Romano hasta el Renacimiento pasaron 1000 años, todo un milenio, con una población estable y en equilibrio con su medio ambiente. Esa situación se rompe3 con el advenimiento de la burguesía y del capitalismo comercial, y ahí arranca el mito del “Progreso”.

Ramón Fernández Duran nos dice:

El progreso continuo y sin fin es un concepto vacío de contenido, una construcción social e ideológica, un mito enormemente atractivo y con gran capacidad de convicción, que ha pasado a formar parte del “sentido común”, pero que en definitiva es una enorme falsedad, salvo para unos pocos, que empieza a hacer agua por todos lados”.

La segunda deidad en importancia es la “Tecnología”, esta deidad es más reciente. Aunque su antecedente más lejano lo podemos encontrar en Copérnico (De revolutionibus, publicada en 1543, S. XVI) su comienzo puede atribuirse a la revolución científica del S. XVII (Newton, Descartes, Kepler, Bacon, Galileo…) pero su asentamiento definitivo como importantísima y popular deidad hay que situarlo en los avances tecnológicos del S. XVIII, y citaría como tecnología muy destacada la máquina de vapor de Newcomen-Smeaton-Wat, que nos mete de lleno en el maquinismo impulsado por la energía fósil, y por lo tanto en la revolución industrial.

Sin embargo, como señala Ramón Fernández Durán:

La Tecnología se muestra crecientemente incapaz de hacer frente a los desastres ambientales ocasionados por la Sociedad Industrial, el dominio de la Razón es sustituido por el pensamiento irracional y la industrialización de la mentira, y la fe en la Ciencia se debilita mientras vuelve Dios, que se creía muerto, pues el futuro ya no parece que vaya a ser una versión mejorada de un presente ya bastante atroz para muchos

Y advierte:

Si se intenta una “huida tecnológica compleja hacia delante, los límites ecológicos globales se estrecharán aún más. La razón es que en el intento de “ensanchar los límites” a través de la tecnología se agotarán más rápidamente los recursos energéticos fósiles crecientemente escasos, activando un derrumbe aún más profundo en poco tiempo, por lo que estos empeños estarán condenados al fracaso

La tercera deidad es el “Mercado”, se trata de una deidad con mucho predicamento en los políticos, a través de sus “grandes sacerdotes”, los economistas neoliberales. No es nada popular entre la gente común, porque se trata de una deidad caprichosa y desalmada, pero tiene mucho poder.

Su importancia es muy reciente. Aunque sus antecedentes hay que buscarlos en el origen de la burguesía comercial de finales de la edad media, su preponderancia actual se explica a partir de los dos shock petroleros de 1973 y 1979, que siendo puntuales y coyunturales, ocasionaron una recesión (estanflación) de cuatro años, hasta bien entrados los ’80.

Durante el periodo de “estanflación”, fallaron todos los instrumentos económicos clásicos de regulación del capitalismo, y fue la ocasión para que tomara la dirección de su gestión (y así hasta ahora) la panda de los “Chicago Boys”, con su cabecilla Friedman a la cabeza, que lograron sacar al capitalismo del estado catatónico en que se encontraba, ¿Cómo? Desregulando absolutamente todo, para mayor gloria de la avaricia de los capitalistas: Sólo el “mercado” es el que decide (y por eso su manipulación mediante la propaganda es tan importante).

Es la avaricia (o escrito de forma más impersonal: las propias reglas de funcionamiento del capitalismo) la que llevó a entrar en una descontrolada dinámica de consumo-producción que no tenía como fin cubrir las necesidades de las personas, sino incrementar el beneficio de los capitalistas.

Pues bien, hasta que nuestros políticos dejen de gobernar a favor de “los mercados” y empiecen a hacerlo a favor de la gente, mientras tengamos “Fe” en el “Progreso” y sigamos poniendo velas a la diosa “Tecnología”, estaremos perdiendo un tiempo precioso, y se nos irá cerrando el abanico de posibilidades.

Ramón Fernández Durán nos advierte:

Tendremos pues dos escenarios extremos posibles a partir grosso modo de 2030. Un colapso caótico, brusco y humanamente brutal, o un decrecimiento “más suave”, ordenado y justo, siendo lo más probable una compleja y conflictiva interacción entre ambos, dependiente asimismo de la situación diferencial de los distintos territorios y sociedades a escala planetaria”.

Si nuestra opción es la segunda, debemos darnos prisa en trabajar por ella, y el libro de Ramón camina en esa dirección.

Fernando Ballenilla García de Gamarra

14-4-2011 SEU Ciutat d’Alacant

  1. La densidad energética es la energía que se proporciona en función del volumen, y la energía específica en función del peso. Todo el problema de la sustitución del petróleo por las pilas como vector energético, esta relacionado con la escasa energía específica de estas con respecto a los combustibles líquidos.

  2. Diciembre 2010: 74,795 millones de barriles diarios, 126.000 más que el máximo absoluto del mes de julio de 2008 en el que se alcanzaron 74,669 mb/d. Seguimos en la meseta iniciada en julio de 2005 con una producción de 74,4 mb/d.

  3. La peste negra disminuye a la mitad la población europea. Aparece en Chipre en 1347 y se propaga rápidamente por un continente que había duplicado su población en los dos siglos anteriores. Ese incremento súbito, con el ajuste posterior de la peste negra, que vuelve a dejar la población en 40 millones, marca, para un biólogo, un cambio en el acceso a los recursos de una población, y en nuestro caso, un cambio del modelo económico-social europeo, más que las fechas de sucesos notables, como la caída de Constantinopla.

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