Como una carta abierta

Esta carta fue leída al final del Foro realizado en Traficantes de Sueños sobre los dos libros más recientes de Ramón. El audio del Foro está en la web de Traficantes de Sueños.

¿Cuándo conocí a Ramón? Trato de ponerle fecha repasando la “biografía de calle” de nuestra generación, hecha de manifestaciones, encierros, asambleas, concentraciones, foros alternativos… ¿Sería en alguna movida contra la OTAN, o en la solidaridad con la revolución sandinista o sería durante la Transición…? Y siempre me digo: “No, no… seguro que fue antes”. Hasta que llego a la conclusión de que no puedo imaginar ninguna de estas acciones de resistencia, de rebeldía, de solidaridad… sin tener cerca a Ramón.

No puedo, o mejor, no quiero. Porque esas coincidencias, esos encuentros a veces muy breves, el tiempo de un saludo, de un “vamos tirando”, de un “tenemos que vernos”, de un beso… han sido siempre momentos de amistad, que calientan el corazón.
Y por eso, también ahora no quiero imaginar las próximas manifestaciones, asambleas, foros… sin Ramón.

Unas muy citadas palabras de Bertold Brecht hablan de la gente imprescindible. No creo que haya gente imprescindible. La vida nos va enseñando a seguir adelante sin gente a la que hemos querido con toda el alma, de las que hemos aprendido mucho de lo que sabemos, gente que nos ha hecho mejores de lo que habríamos sido sin ellas y ellos.
Pero si no imprescindibles, sí hay gente necesaria, que constituyen puntos de apoyo fiables, que nos ayudarán a no caernos o a levantarnos después de la caída. Gente que nos dan compañía.

Compañero, compañera son palabras hermosísimas, ellas sí imprescindibles. “La revolución no es un placer solitario”, decía mi colega Daniel Bensaid. Necesitamos como agua de Mayo estar rodeados de lealtades, de gente que sabemos que no nos fallarán, especialmente, de gentes en las que la confianza no se basa en la coincidencia en la misma organización o en las mismas ideas de la A a la Z, en compartir todo el camino, sino la búsqueda y la meta.

Compañero es una palabra que parece inventada para Ramón. Por eso ahora le acompañamos gente tan diversa.
Ramón abandonó la construcción de puentes de hormigón para hacerse ingeniero de puentes políticos, más difíciles y frágiles. “Vivir es interrelacionar lo diverso”, decía Luis González en las palabras que le dedicó el otro día en Bellas Artes. Es un justo resumen de la vida de Ramón. También, a nuestra escala, resume el papel de Ramón en el Consejo Asesor de VIENTO SUR.
En el mundo hipersectarizado de la izquierda es un logro enorme llegar a ser una garantía viva de confianza. Muchas veces se la he dado a gente desconocida, con el criterio de que si era amigo o amiga de Ramón no podían ser mala gente. Nunca me he arrepentido.

Ramón ha dedicado mucho tiempo y esfuerzo a sus libros; no ha dejado que nada le distraiga de la tarea, especialmente en el proceso de elaboración de su actual proyecto, ambicioso hasta la temeridad, de comprender el siglo XXI cuando apenas ha comenzado. Una semblanza de Ramón sin sus libros quedaría truncada.

Siempre me ha extrañado que una persona tan divertida como Ramón no se permita ni un chiste en sus libros, que son serios en todos los sentidos de la palabra. Quizás la razón sea que Ramón los ha escrito con la conciencia muy clara de la enorme fuerza del enemigo y de nuestra debilidad, de la obligación moral y política de luchar por evitar una catástrofe, la Catástrofe civilizatoria con mayúscula, y de las muy limitadas posibilidades de lograrlo. Pese a ello, sus libros tienen dentro esperanza. Ramón sabe que las batallas necesarias e imposibles no son batallas perdidas.

Entre las muchas ideas valiosas de los libros de Ramón quiero destacar dos.
La primera que hay que “atreverse a imaginar el futuro para poder influir sobre él”. La suscribo al cien por cien. Sin esa imaginación, que no es un territorio de certezas, sino de hipótesis y debates, no es posible construir un proyecto de revolución social para nuestra época.
La segunda, que estamos en un dilema de prioridades entre las tareas de “movilización” contra el capitalismo y las de la “transformación” de la vida social ya ahora, en los espacios de heterotopía que se pueden ganar al sistema, aunque sea frágilmente. En la combinación necesaria entre ambas tareas, Ramón se inclina, “quizás” dice, “temporalmente”, por las tareas de “transformación”. Yo soy de otra escuela, pero con la conciencia de que la mayor movilización y organización anticapitalista se quedará con los pies colgados en el aire sin esa transformación personal y social.

En todo caso, el desafío está en que esas dos tareas se reconozcan, se entrecrucen, se realimenten, permitan fácilmente trasvases de una a otra, no compitan entre sí, convivan en suma… Ramón simboliza esa convivencia. Debemos guardarla en un lugar seguro de nuestra memoria, precisamente para poder llegar algún día a construir prioridades comunes.

No ser creyente es muy saludable, da muchas alegrías, pero también algún disgusto. Por ejemplo, a veces me gustaría creer en la eternidad. No en esa eternidad de catecismo, poblado de santos y cuerpos celestes, lacia, aburridísima, con aires de visita papal y música de misa dominical… En una eternidad juerguista y coplera, de risas y carnavales, teniendo a mano todos los libros, las músicas, las películas que hemos disfrutado y, sobre todo, encontrándonos de nuevo con la gente a la que hemos querido, con las que hemos compartido, y podemos entonces seguir compartiendo, amores, alegrías, aventuras, proyectos, también algunas buenas y apasionadas discusiones de vez en cuando.

Pero la naturaleza es sabia y se apiada de sus hijos no creyentes. A falta de eternidad nos ha dado la fuerza de la imaginación.
La imaginación no tiene nada que ver con esa mercancía y esa estafa llamada “realidad virtual”. Es una capacidad humana activa, poderosa, viva si la conectamos con nuestra inteligencia y nuestros sentimientos. En ella no hay límites mortales. Allí y sólo allí tenemos una libertad ilimitada y podemos construir nuestros pequeños paraísos laicos, habitados por toda la gente a la que queremos. Lugares subversivos, amables y divertidos en los que, cuando levantemos la vista, buscaremos y encontraremos siempre a Ramón.

Miguel Romero es el editor de VIENTO SUR.

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Acerca de laexplosiondeldesorden

Activista en Ecologistas en Acción.
Esta entrada fue publicada en Poesía y otras notas en homenaje a Ramón F.D., Presentaciones de sus libros, Textos sobre la semblanza de Ramón F.D. y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

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