“Pensar políticas alternativas respecto a las metrópolis, esos monstruos energívoros, opacos y desequilibrados cuyo crecimiento hay que contener y que poco a poco habrá que deconstruir”

Intervención de Carlos Vidaña del Centro Social Autogestionado La Tabacalera en la presentación de los libros “La quiebra del Capitalismo global: 2000-2030” y “El Antropoceno” en La Tabacalera (Madrid, 29 de abril de 2011).

Soy de una generación que llegó a un mundo que ya parecía resuelto, que ya resultaba ajeno, un mundo en el que todo parecía dispuesto: el ciclo de luchas sociales de las décadas anteriores languidecía. Ni siquiera la derrota podía considerarse nuestra. El tiempo en el que el mundo podía considerarse un objeto de transformación parecía haber acabado. Cuando teníamos 18 o 20 años, la impresión con la que llegábamos a la rebeldía era de inutilidad, de fatalidad.

Seguramente no era verdad, y lo que ha facilitado que este mundo -el del capitalismo global- haya venido a ser el único real ha sido nuestra falta de capacidad, nuestro desacierto. Quizá nuestro empeño en descomponer un relato de cambio social que no nos parecía real sin conseguir proponer un relato alternativo, una de esas tareas que nos encomienda Ramón en su último libro.

Conocí a Ramón en el año 85-86, en los tiempos del referéndum contra la OTAN. Coincidimos en la comisión anti-OTAN, un lugar feo pero hermosamente activo. Yo había oscilado entre un libertarismo difuso y un marxismo confuso, y fue este en el que me instalé. Aquel espacio era un espacio de su época y de su ciudad: espacio de tensiones competitivas entre diversas organizaciones que querían ser -o parecer- las que dirigían un movimiento, el último de su ciclo, muy masivo.

En ese contexto, Ramón me pareció -nos pareció- un elemento extraño. No pertenecía a ninguna de las familias que competían entre sí y, sin embargo, tenía una presencia muy activa sin entrar en la competencia. La deducción consecuente era aparentemente sencilla: entonces, se podía hacer política de otra forma.

Hacer política de otra forma deberá pasar por alianzas complejas, desprejuiciadas, situadas en el contexto de la realidad más que en el contexto de las ideologías y los programas cerrados. Esa es finalmente, y todavía, otra de las enseñanzas del libro de Ramón: la posibilidad de trasformación, de resistencia, se moverá en varios planos: en el plano de los pequeños mundos que construyen alternativas, y también en el plano de la compleja política de las instituciones estatales que aún gestionan lo público, así como en el plano de la contención o desarticulación de las instancias antidemocráticas -financieras, industriales- que detentan el poder central de nuestro mundo.  .

En aquella situación de los últimos ochenta, era muy fácil hablar con Ramón, sobre todo de las cosas, las dudas, que no hablábamos con los “nuestros”. Ramón tenía otro equipaje de experiencias, ámbitos de cruces, de mixturas, de apuestas fuertes por modos de vida políticos. En su carta de despedida los podéis reconocer.

Cuando pudimos descabalgarnos del sino de una acción política atravesada por las izquierdas tradicionales y las viejas nuevas organizaciones de la izquierda, Ramón fue una de las personas con las que pudimos hablar. Un tío paciente. Nos escuchaba como si le estuviéramos contando algo nuevo. Le tratábamos de explicar que había que apuntar hacia otras formas de hacer política, por las formas de vida políticas, por las formas de vida insumisas, por no separar la política de la vida, por no adaptarse a las rutinas de reuniones de 7 a 11 y normalidad absoluta -el reloj y la regla- en el resto del día. Le decíamos que había que inventar los espacios donde la experimentación política pudiera tener lugar, lugares de convergencia, lugares “vacíos” que había que pensar desde cero. Le contábamos todo eso… ¡¡¡a Ramón!!! Le explicábamos lo que en realidad en buena parte estábamos aprendiendo de él: la trascendencia del espacio metropolitano, de ocupar los intersticios de las crisis para reinventar nuestra relación con la vida, de señalar los monstruos que condicionaban la realidad global para darles respuesta minuciosa con propuestas muy territorializadas, pero no minimalistas. Yo le decía que okupar el centro de la metrópoli era luchar contra el exilio de la ciudad futura.

Han sido muchos años así. No había momento en el que Ramón no estuviera disponible para hablar, para ayudar o para avalar una lucha, por insignificante que fuera. Ramón sabía cómo decirte que no era insignificante. De paso, te vendía las motos de sus nuevas campañas. Estas ideas eran capaces de construir movimientos convergentes, de crítica muy fuerte, como pasó desde la campaña de desenmascaremos el 92 hasta el movimiento global, ideas que oímos incipientes siempre primero en boca de Ramón, que nos invitaba a no descolgarnos de esas posibilidades de intervención política.

Sin sus ideas, sin sus libros, sin sus conversaciones, buena parte de mi generación y de las siguientes no habrían tenido los mínimos para moverse en la brutalidad del cambio de siglo, no habríamos tenido elementos básicos que nos han servido para construir la crítica de la ciudad contemporánea, el espacio político de la metrópoli, no habríamos sabido situar nuestras prácticas de desobediencia en un discurso político con algo de coherencia, integrador y sin prejuicios. Muchas de esas ideas ni siquiera eran por completo originales, pero Ramón actuaba como el canal que nos conducía a otras reflexiones, a otras relaciones, a otras críticas. Una labor también de “traducción”, de enlace, de descubierta. Una labor arriesgada, donde se ponen ideas, pero también la vida y los afectos, y a veces con dolor, como supo Ramón cuando se atrevió a decir que los movimientos sociales radicales vivíamos entre la espada del Estado y la pared de ETA.

Esas conversaciones pasaron por los años de la insumisión al Ejército, por las okupaciones de los Laboratorios,  por los empeños por modelar socialmente las transformaciones de Lavapiés como eje para resistir el despotismo antidemocrático y especulador por el que se encaminaba Madrid. Así finalmente -con todos los problemas- también por La Tabacalera. (Ojalá pudiera, por cierto, hablar estos días con Ramón sobre La Tabacalera).

La línea de fuerza de este tiempo ha sido que no hay política verdadera que no haga plantearse cómo vivimos, no sólo quién y cómo manda o gobierna, sino cómo obedecemos si no vivimos en la insumisión.

Eso es lo que me sirve de puente para lo poco que voy a hablar de los últimos libros de Ramón…

El diagnóstico de una crisis de civilización está suficientemente argumentado en La Quiebra del capitalismo global: 2000-2030. El escenario subsiguiente más probable es dramático. El menos probable, que extraterrestres, dioses o científicos avezados nos proporcionen una fuente de energía y una ética común capaces de rectificar los daños del uso masivo de energías fósiles, y que el mando derivado del control de esas energías fósiles consienta una transición no violenta, ese escenario es un clásico de la ciencia ficción contemporánea. Entre la catástrofe inminente, la acción de los dioses o del destino y nuestra propia acción colectiva, solo esta última está en nuestras manos, y ni siquiera es suficiente garantía.

Dentro de la lógica del capitalismo, nos dice Ramón, no hay salida posible: el posibilismo no es una opción, porque cualquier iniciativa que se plantee como una mera alteración de los ritmos del mercado, de acumulación y desarrollo, está sujeta a los límites de este. Se trata, pues, de potenciar los microprocesos que tratan de extraerse (aunque en el capitalismo global no hay afueras) de esa lógica y generar alternativas y experiencias evaluables.

Pero no solo: Ramón nos remite en el libro a dos pregunats fundamentales: si los movimientos sociales deben optar por la movilización o por la transformación, y cuál debe ser su postura frente a la institución histórica que llamamos Estado. En lo que Ramón llama el Largo Declive (de la civilización industrial), hay que pensar el Estado no solo como una institución de dominación, sino también en su función de espacio de “cristalización histórica del conflicto social y del equilibrio inestable de intereses conflictivos de clase, género, étnicos, etc., y no solo como una prolongación sin más de los intereses del capital”. Y aunque los posibles cambios en positivo vendrán necesariamente de abajo arriba, no son los conflictos en torno al papel del Estado espacios que haya que abandonar. De tal modo que en un momento de reflujo de la movilización social, es precisamente la función equilibrante del Estado, clásicamente criticada por los movimientos sociales, un territorio a defender. Una advertencia importante en medio de una crisis que ha puesto en la diana en los países centrales la descomposición del sistema público, es decir, la descomposición de las facetas equilibrantes del Estado del siglo XX.

Ahora bien, muy posiblemente no será en los Estados centrales, aquellos que han colmatado sus posibilidades de desarrollo en la lógica del capital, sino en los espacios institucionales periféricos, donde se encuentren posibilidades de cambio positivo.

Nos queda, nos propone Ramón, en los países centrales, una alianza muy amplia, defensiva, al tiempo que la posibilidad de una política nocturna, subterránea, que explore alternativas y desarrolle la crítica, más que exponernos a un enfrentamiento desigual. Transformación sin renunciar a la movilización, pero de nuevo sin encomendarnos a la movilización, a la “lucha final”, como la bandera de inicio de la transformación.

Y una de las áreas de intervención principales será cómo pensar las políticas alternativas respecto a las metrópolis, esos monstruos energívoros, opacos y desequilibrados cuyo crecimiento hay que contener y que poco a poco habrá que deconstruir. Ramón invita a una nueva ruralización, pero a algunos, ya lo dijimos, nos parecería asumir el exilio de la ciudad futura.

La intervención política nos emplaza de nuevo no solo a acertar con los elementos de la crítica, sino sobre todo a poner las formas de vida en el primer plano de la política. Y en las formas de vida hay que inyectar valores de cooperación horizontal, de apoyo mutuo, de construcción colectiva, una ética de lo común frente al individualismo, el lucro, la acumulación privativa, la desposesión y explotación del otro.

La riqueza de este mundo no es ilimitada, pero sin duda sí sería suficiente si la lógica de organización social fuera distinta, y los referentes para ello no son solo propuestas teóricas, sino sobre todo prácticas vivas en diversas experiencias reales, en los mundos pequeños de algunos microprocesos en los países centrales y en los mundos que han resistido la lógica hegemónica y homogeneizadora en algunos países periféricos.

En fin, y para terminar, en los albores de una crisis civilizatoria, del final de un modelo que nunca quisimos defender, las opciones no son muchas, pero las que hay pasan sin duda por generar espacios de encuentro y de experimentación, desprejuiciados, dispuestos a ser atravesados por los acontecimientos, porque no sabemos cuál es el final de nuestra historia, pasan por transformar la vida, por poner las formas de vida, la ética colectiva, en el primer plano de la política.. Como hasta el día de hoy nos ha estado enseñando Ramón, con su trabajo, con sus afectos, con su saber vivir. Mi generación, sin esa ayuda, posiblemente habría pasado por un túnel de salida aún más incierta.

Gracias por ello, Ramón, y como decíamos en el juego del escondite, que tenemos que volver a ensayar para ese tiempo de política nocturna, por mí y por todas mis compañeras, gracias.

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Acerca de laexplosiondeldesorden

Activista en Ecologistas en Acción.
Esta entrada fue publicada en Poesía y otras notas en homenaje a Ramón F.D., Presentaciones de sus libros, Textos sobre la semblanza de Ramón F.D. y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

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