Un maestro de tejer vínculos

Intervención de Edith Pérez Alonso (Ecologistas en Acción) en la presentación de los últimos dos libros de Ramón Fernández Durán en Zabaldi (Iruña, 6 de mayo de 2011).

Dice Ángel Calle, poeta y activista social, que los vínculos son esenciales para tejer alternativas y para construir ese otro mundo que queremos. Y también dice que el Poder, el poder de Joder, o el poder del sistema, hace un ejercicio violento contra todos esos vínculos. Ramón es un maestro de tejer vínculos, tanto en lo personal, como en los movimientos sociales, como con la Madre Tierra, con la naturaleza, como en lo introspectivo hacia el mismo. A la hora de plantear el hablar sobre su figura a mí me surgió hablar de un vínculo, y es el vínculo que a lo largo de estos últimos años hemos ido construyendo y a través del cual he accedido yo a conocerlo. Os voy a leer unas palabras que se refieren a eso y con las que pretendo dar una visión de cómo veo yo a Ramón.

A Ramón lo conocí primero a través de sus libros. No en vano se le ha señalado como nuestro querido y sabio fabricante de gafas. De otras gafas para mirar el mundo. Fue en el año 2000 cuando comenzó esta aproximación, primero con “La explosión del desorden: La metrópoli como espacio de la crisis global”, al que pronto seguirían otros títulos, que me ayudaron, sin duda, a conformar de alguna manera lo que soy ahora.

Lo siguiente que conocí de Ramón fue el aprecio y admiración que despertaba, a medida que iba entablando amistad con distintas personas que participaban entonces en la comisión “internacional” (la que trata temas de antiglobalización, paz y solidaridad) de Ecologistas en Acción de Madrid. Poco después le pude poner cara, a través de su participación en asambleas del movimiento antiglobalización, de presentaciones de libros, de debates. Y comprendí ese aprecio que se extendía como un virus en torno a su persona, alimentado por esa forma suya de estar en relación con las personas y el mundo que le rodea, cargada de dignidad y coherencia. Ramón es de esas personas que hacen el camino andando, y que muestran que son los medios los que justifican los fines. Así, a lo largo de los años apostó por construir puentes y por impregnar espacios y luchas de buen trato. Jamás le vi una mala contestación, una falta de respeto o un alzar la voz, ni siquiera en reuniones tensas y ante comentarios malintencionados, eso sí, sin perder la firmeza en sus principios. Sin embargo, sí que fui testigo en numerosas ocasiones del cariño, del respeto, de la capacidad para la escucha, de la solidaridad y de la sencillez que impregnaba en su quehacer. En definitiva, de una forma de construir esos valores que queremos y creemos necesarios.

Posteriormente tuve ocasión de conocer a Ramón más a fondo. Llevaba unos meses con una molestia en la garganta y quería consultar por ello. Yo por entonces creo que estaba terminando la especialidad de medicina familiar y comunitaria. Ramón, que renunció a lo que difícilmente renuncia alguien hoy en día, a un puesto de funcionario y a una seguridad laboral y de ingresos, tuvo que toparse con la contradicción de un sistema sanitario que presume de universal y gratuito pero que en algunos casos presenta barreras injustificables de accesibilidad. Le acompañé en aquellos tiempos de consultas y estaba con él el día que un médico torpe le soltó así, a bocajarro: “Tú lo que tienes es un cáncer”. Se iniciaba un proceso que aún hoy continua, acompañado de incertidumbre y tratamientos incómodos. Ramón lo afrontó con entereza y templanza, y con no pocas dosis de buen ánimo, tratando un tema que con frecuencia es tabú con naturalidad, y haciendo la nada fácil tarea de asimilación y aceptación que conlleva. Al igual que en otros campos de su vida se informó, reflexionó, buscó y valoró alternativas, tomó decisiones, y en definitiva, hizo un ejercicio mayúsculo de autonomía y dignidad en el proceso de la enfermedad.

Por aquel entonces comencé a participar en la comisión internacional de Ecologistas, y Ramón dejó la militancia en un segundo plano. Curioso segundo plano. Digo curioso porque a lo largo de estos últimos siete años no he dejado de verlo: De testigo en juicios para apoyar a personas encausadas, durmiendo en centros sociales con amenaza de desalojo, participando en acciones de calle, apoyando en la barra o con comida en fiestas para recaudar fondos para alguna causa solidaria, en las asambleas mensuales de Ecologistas en Acción, en los foros sociales, en charlas… Y también impulsando la Red por las Libertades y el Diálogo, movimiento clave en Madrid en la denuncia de la violación de derechos civiles y políticos en Euskal Herria, o acompañando a los encausados en la pieza de la Josemi Zumalabe del 18/98, sin que ello le haya impedido mantener una postura crítica y en ocasiones incómoda respecto al conflicto vasco.

A lo largo de estos años he podido también conocer la casa de la calle Barquillo. Esa casa en la que durante décadas ha compartido Ramón vida con otras gentes que han ido modelando el espacio. Esa casa en la que se practicaba la simplicidad voluntaria, ese vivir mejor con menos, y en la que Jesucristo impertérrito fumando un porro sobre un calendario, o pilas de periódicos a la puerta con citas esperando a ser rescatadas, han dado durante años la bienvenida a personas que han pasado por allí para cenas, reuniones o alojarse un par de días durante alguna actividad militante. He podido también conocer más a fondo su historia, su participación en distintas luchas y foros, desde la lucha autónoma y obrera, hasta el foro alternativo “Las otras voces del planeta” en el 94, su participación en el movimiento anti-OTAN o en el Movimiento contra la Europa de Maastricht y la Globalización Económica. También he podido ser testigo de cómo esa forma de ser y estar, de tejer relaciones, se extendía a otros ámbitos de su vida, desde su relación con Ana, hasta el proyecto de la Maloca, los debates mensuales sobre temas políticos en casas de las gentes de la Maloca, Pelegrina, la buena relación con su extensa familia, o el cuidado de su madre.

Hace unos meses le llamé, como en otras ocasiones, para charlar un rato y preguntar cómo estaba. Esa misma mañana había estado en el médico que años antes le diagnosticó, y parece que todo apuntaba a una recidiva del cáncer. Desde entonces el tiempo parece que ha tomado otra dimensión, las noticias se han sucedido rápido y al mismo tiempo, ante la muerte, la vida, palmo a palmo, se ralentiza y se hace más consciente. Ramón ha decidido, en primer lugar, saber: Ser consciente de qué le ocurre y de la ausencia de tratamientos curativos. Y en segundo lugar: Afrontar la muerte con la misma dignidad que la vida. Hablar de ella, ponerle nombre, compartirla. Frente a la sociedad de la imagen, la belleza y el crecimiento infinito, mostrar que la enfermedad y la muerte forman parte también de nuestras limitadas vidas. Optar por una muerte digna y hacernos el regalo de encontrarnos y permitirnos acompañarle en este proceso, mostrándonos, una vez más, ese modelo suyo de ser y estar en el mundo.

Gracias, Ramón.

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Acerca de laexplosiondeldesorden

Activista en Ecologistas en Acción.
Esta entrada fue publicada en Poesía y otras notas en homenaje a Ramón F.D., Presentaciones de sus libros, Textos sobre la semblanza de Ramón F.D. y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

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