Vistas del principio y el final

2050. Ciudades abandonadas, reducción drástica de la población, las ­mafias pugnan por el control del territorio ante la crisis del Estado y del mercado tal como los conocíamos. Puede parecer un escenario apocalíptico, pero no lo es necesariamente. Lo que ocurra en un mundo sin petróleo dependerá de “no­so­tros”, dice Luis González Reyes, autor junto con Ramón Fernández Durán del libro ‘En la espiral de la energía’. No se trata de una obra de ciencia ficción, sino de un ensayo sobre la relación entre la energía, el medio ambiente, la economía y las sociedades a lo largo de la historia. Una vista a los principios para asomarse al final, o a un nuevo comienzo, según se mire. Un trabajo de siete años para llegar, a lo largo de casi mil páginas, a una conclusión: el “colapso del capitalismo global y civilizatorio no sólo es inevitable, sino que ya ha comenzado”.

Por: Martín Cúneo, DIAGONAL

“El colapso va a permitir otros modelos económicos. Algunos de emancipación social y otros no”

En realidad es un trabajo de mucho más de siete años. Para Gonzá­lez Reyes, se trata de un compendio del legado del activista y pensador Ramón Fernández Durán: “Ramón concibió el libro de alguna manera como el cierre de su trabajo intelectual, su obra cumbre, la recopilación de gran parte de su pensamiento”.

Ramón Fernández Durán, referente durante tres décadas del activismo y el ecologismo social, dedicó sus últimos cuatro años de vida a escribir los borradores y los índices de gran parte de los capítulos. “Ramón trabajó hasta el último día”, relata. “Un viernes, después de una ronda de quimioterapia, Ramón acabó ingresado. El lunes fui a verle al hospital. Durante todo ese fin de semana había hecho la elaboración de lo que haría en los siguientes meses: iba a dejar de tratarse, iba a ponerle fecha a su muerte. No iba a poder terminar el libro, y ese día me pidió que fuera yo quien lo concluyese”.

Aprender del pasado

El 22 de abril de 2011, en la carta de despedida que hizo pública, Ramón Fernández Durán habla del libro como del “proyecto inacabado que otros seguramente continuarán”. Un trabajo cuyo objetivo es “aprender del pasado para atreverse a pensar y a poder transformar el futuro que se avecina”. El 10 de mayo, sólo cinco días antes del 15M, Ramón Fernán­dez Durán fallecía. Tres años de dedicación necesitó Luis González Reyes para terminar el trabajo iniciado por quien fuera uno de los fundadores de Ecolo­gistas en Acción en 1998. Un trabajo que comienza, como las buenas historias, por el principio.

Pese a que durante mucho tiempo se ha pensado lo contrario, los últimos estudios antropológicos y arqueológicos dicen que durante la ­mayor parte de la historia de la humanidad “los seres humanos no han vivido con relaciones de dominación entre ellos y con el entorno, sino con relaciones más o menos igualitarias”. Algo normal, sostiene González Reyes, en grupos nómadas que no pueden acumular posesiones ni energía y, sobre todo, en los que la identidad de sus integrantes no estaba basada en la individualidad, sino en la colectividad.

Más sorpresas: las primeras sociedades tampoco solían solucionar sus problemas por medio de la guerra. Algo normal, sostiene, en un “mundo vacío”, donde la reducida población de los grupos dificultaba la crea­ción de una casta de guerreros, donde la pérdida de integrantes ponía en peligro a toda la comunidad. Y no es que los “los seres humanos de entonces fueran mejores que los que tenemos ahora –apunta–. Eran los mismos. Pero el contexto en el que se movían les impulsaba a otro tipo de organización”.

Un contexto marcado por fuentes reducidas de energía: básicamente madera para calentarse o cocinar, y animales y frutos silvestres para alimentarse. Porque no hay que olvidar, sostiene González Reyes, que somos también “vectores energéticos”, es decir, entidades que procesan alimentos para convertirlos en energía utilizable para cualquier actividad o trabajo, ya sea cavar un campo o construir una pirámide. “No es que el tipo de energía determine cómo nos vamos a organizar –afina–, pero sí marca el campo de juego, lo posible y lo imposible”.

Ramón Fernández Durán concibió el trabajo como su “obra cumbre”, una herramienta para “transformar el futuro”

La revolución agraria, iniciada hace 10.000 años, fue una revolución fundamentalmente energética, sostiene González Reyes. Aunque la disponibilidad de energía seguía siendo escasa, la posibilidad de almacenar la energía –grano en este caso–, la necesidad de organizar el reparto del excedente o los trabajos colectivos como la siembra o los canales de riego “implicaron una organización social más compleja”.

Pero las sociedades agrícolas siguieron siendo “más o menos igualitarias” durante otros 4.000 años. En ese momento, en distintos lugares del planeta de forma independiente comenzó el salto hacia las sociedades que los autores llaman “dominadoras”. “Y ese salto tiene mucho que ver con un aumento de la energía disponible: es consecuencia y causa a la vez. Se acentuó el proceso de domesticación de animales, y eso significó más potencial bélico, más transporte, mayor comercio, mayor capacidad de roturación de nuevas tierras, y, por lo tanto, más agricultura y más fuentes energéticas”.

La otra caja de Pandora

La otra fuente de energía que hizo posible estas sociedades desiguales fue “la dominación de unas personas sobre otras”. Las grandes desi­gual­dades entre los seres humanos, entre hombres y mujeres, entre hombres y animales y entre los seres humanos y la naturaleza tienen en En la espiral de la energía un mismo origen.

“Mayor energía no significa automáticamente más dominación. Más energía significa más dominación potencial”, sentencia González Reyes. Pero no se trata de una historia lineal. En el medievo europeo, por ejemplo, la vuelta a un mundo más rural y las luchas sociales produjeron una menor desigualdad social en comparación con los tiempos del Imperio Romano.

La energía también cumplió un papel en la transición entre la sociedad medieval y la edad moderna. La “conquista de todo un continente por explotar” proporcionó metales preciosos, pero también nuevas tierras y millones de esclavos amerindios y africanos, convertidos en “una fuente energética fundamental” para cimentar los inicios del capitalismo. Un sistema económico y social catapultado por dos revoluciones industriales, basadas en el carbón y el petróleo, que cambiaron para siempre la historia de la humanidad. “De repente hubo muchísima más energía disponible, fácilmente acumulable. Una energía muy barata en grandísimas cantidades, pero no para todo el mundo. Un pequeño grupo de personas podía controlar la boca de la mina o el pozo petrolero”, argumenta González Reyes. Unos cambios “radicales” que se trasladaron a la organización social: “En las sociedades industriales, la potencialidad de dominación de unas personas sobre otras explotó, especialmente porque se produce en un entorno de capitalismo. Más energía significa más productividad, más explotación del entorno, más reproducción del capital, por lo tanto, más acumulación y capacidad de explotación, y, a partir de ahí, más economía financiera, un Estado más centralizado y ejércitos cada vez más letales”.

El colapso de civilizaciones enteras es una constante en la historia: “Llega un momento en el que una sociedad alcanza los límites de sus recursos”. Pero no es el único factor. El otro es el aumento insostenible de la “complejidad”, entendida por Gonzá­lez Reyes como el aumento de la población, de la interrelación entre las personas y de la especialización social. “Grandes aumentos en la complejidad requieren necesariamente mayores aportes energéticos”, define. La caída de Roma es un ejemplo de esto. Tam­bién lo es la situación actual, donde el aumento de población, del comercio globalizado y del consumo choca con una realidad incontestable: que los combustibles fósiles baratos y de buena calidad tienen los años contados y que, según los autores, no hay a la vista “ninguna energía o combinación de ener­gías” que pueda suplantarlos.

A diferencia de otras crisis civilizatorias, no se trata “del colapso de una parte de la población, ni de un territorio concreto, sino de un colapso que abarca al conjunto del planeta, en el que no hay sitios donde ir”. Ya no se trata de un “mundo vacío”, sino de un mundo “saturado”, donde el cambio climático y la “crisis crónica del capitalismo”, que cada vez tiene más dificultades para mantener sus tasas de beneficios constantes, pone las cosas todavía más difíciles.

Según la Agencia Internacional de la Energía, la extracción del petróleo convencional –el que tiene más rendimiento energético y el que resulta más barato de extraer– llegó a su cénit en 2005. Mien­tras tanto, para satisfacer una demanda creciente se ha extendido la extracción de petróleos no convencionales –el fracking, las arenas bituminosas de Canadá, el petróleo de aguas profundas–, con rendimientos energéticos mucho menores y con precios de producción mucho más altos. Nadie duda de que el petróleo y otros combustibles fósiles como el uranio se vayan a acabar. Las diferencias radican en la fecha y si antes surgirá una energía que pueda satisfacer una demanda creciente.

De todas formas, aclara, en caso de descubrirse una nueva fuente de energía “milagrosa” que pueda sustituir al petróleo sólo postergaría el colapso. “Un salto de ese tipo aumentaría aún más la complejidad, y, en cualquier caso, habría un momento en el que se llegaría, si no a los límites energéticos, sí a los límites de recursos del planeta”, explica.

El colapso

Ramón Fernández Durán y Luis Gon­zález Reyes se “lanzan a la piscina” para imaginar cómo sería ese mundo sin petróleo. “El fin de la energía barata repercutirá en el ­actual modelo de Estado, algo que ya está ocurriendo ahora con el fin de lo que se llamó Estado del bienestar. No hay crecimiento económico si no hay un consumo energético barato detrás. Y eso ya no es posible, simplemente porque la energía barata es parte del pasado”.

En la proyección de los autores de un mundo que se ha quedado sin petróleo, “la población humana se reduciría de forma inevitable”. Para mover los tractores, para producir los fertilizantes y pesticidas, para empaquetar los alimentos, para comercializarlos a nivel global, para mantener todo el sistema alimentario actual, se necesita petróleo barato, argumenta.

“El escenario Mad Max es un escenario posible, pero no es el único”, admite. Si el salto a sociedades más dominadoras está relacionado con una mayor energía disponible, “una menor cantidad de energía disponible podría implicar sociedades menos basadas en la dominación”, explica. Las fuentes renovables, ­argumenta, “son de acceso más universal, con menos capacidad de ­almacenamiento”. Y el Estado, tal y como lo conocemos, “no podría mantener algunos de sus elementos básicos de dominación”.

De la misma forma, “la incapacidad de sostener el crecimiento del capitalismo va a significar, ya está significando, una crisis que va a permitir la eclosión de otras formas de organización, de economía solidaria, pero también formatos de economía parecidos a la feudal”. Además, tras el abandono de las tareas que antes realizaba el Estado, éstas necesitarán ser reemplazas. González Reyes pone como ejemplo la situación de Ar­gentina tras la crisis de 2001, donde la economía social floreció en clubes de trueque y fábricas recuperadas.

“El colapso va a abrir un campo de juego muy grande para que surjan otros modelos económicos. Al­gunos tendrán que ver con emancipación social y otros no”, sopesa González Reyes. “A fin de cuentas, el tipo de organización social que surja, el tipo de relaciones entre las personas y con el entorno va a depender de lo que elijamos los seres humanos”, concluye.

Sociedades igualitarias primitivas

Durante prácticamente toda la historia, las sociedades humanas fueron “más o menos igualitarias”, cuenta Luis González Reyes. Aunque los restos fósiles denotan un reparto de tareas entre hombres y mujeres, los enterramientos permiten deducir que las diferencias de género eran, al menos, mucho menos acentuadas que en periodos posteriores. Lo mismo ocurría con las de­sigualdades sociales entre los miembros de la comunidad. “La identidad individual no existía, un requisito indispensable para concebirse por encima del resto y por encima de la naturaleza”, explica. El culto era a la fertilidad, que garantizaba la supervivencia colectiva; a la vida y a la naturaleza, de la que dependían directamente las primeras sociedades.

Del culto a la vida al culto a la muerte

La revolución agraria, la domesticación de los animales –que multiplicó la capacidad de producción agrícola–, los “cambios psicológicos” relacionados con “la noción de individualidad” y cambios climáticos que afectaron a las cosechas son algunos factores que explican la transición hacia las “sociedades dominadoras”. Según explica González Reyes, la necesidad de organizar la construcción de los canales de riego fue una de las causas principales de los primeros ensayos de Estado. Las abismales desigualdades de género o la esclavitud, pero también la noción de la naturaleza como algo que debe ser dominado, tienen origen en estas transformaciones. Del culto a la vida y a la fertilidad –representado en las estatuillas femeninas de la etapa anterior– se pasó a la “adoración de la muerte”, representada por dioses guerreros y sus símbolos: espadas, martillos o lanzas.

La sociedad del “largo declive”

Las dos revoluciones industriales multiplicaron la energía disponible y la demanda exponencial de todos los recursos del planeta, entre ellos los –finitos– combustibles fósiles que permitieron esta “radical transformación”, explica González Reyes. Si no se descubre una fuente alternativa de energía que pueda sustituir los combustibles fósiles, el colapso será una realidad en unas pocas décadas, afirman los autores de En la espiral de la energía. Y por ahora no hay ninguna energía “milagrosa” que pueda ocupar ese lugar, dice González Reyes. La fusión fría, que intenta reproducir en ambientes controlados la energía nuclear que se produce en el interior de las estrellas, por ahora no deja de ser ciencia ficción: “Se viene trabajando desde hace décadas y siempre se dice que faltan 20 años para que esté comercializada, siempre faltan 20 años y nunca llega”.

¿Qué pasa después del colapso?

El descenso de la población sería una de las primeras consecuencias de un mundo sin petróleo y sin sustitutos energéticos de la misma eficacia. La dimensión de ese descenso dependerá del tipo de organización social, explica González Reyes. “Sociedades más igualitarias pueden sostener a poblaciones más grandes”, dice. Con la caída de la URSS, la población experimentó un descenso marcado, relata este activista ecologista, por la caída de la natalidad, la disminución de la asistencia social y una peor alimentación. Dos elementos que entrarían en crisis en un mundo sin petróleo serían el Estado y el mercado, “dos factores a los que recurrimos para satisfacer la mayoría de nuestras necesidades”. Para González Reyes, el mundo después del colapso sería un terreno “mucho más fértil para el surgimiento de modelos alternativos de sociedad”.
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Acerca de laexplosiondeldesorden

Activista en Ecologistas en Acción.
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